Hechos 4:2 (NTV) Estos líderes estaban sumamente molestos porque Pedro y Juan enseñaban a la gente que hay resurrección de los muertos por medio de Jesús.
Imagínate cómo debieron haber quedado los apóstoles después de ver el cuerpo de Jesús resucitado. Debieron quedar tan sorprendidos, tan impactados y tan convencidos, que ese fue el mensaje que comenzaron a proclamar por todas partes.
Para aquella época, en aquella región, hablar de la resurrección de los muertos con tanta convicción no era un tema sencillo. Existía oposición religiosa, porque muchos líderes no creían en ello y rechazaban completamente ese mensaje.
Además, estaba el sistema político romano, que consideraba al César o al emperador como la máxima autoridad y prácticamente como un dios. Por eso, que alguien apareciera anunciando que existía vida después de la muerte y que un hombre había resucitado, resultaba algo revolucionario y confrontador para aquella sociedad.
La gente no recibía fácilmente ese mensaje. Había resistencia, rechazo y persecución. Sin embargo, los apóstoles hablaban con tanta certeza y seguridad, porque no estaban anunciando una teoría; estaban proclamando algo que habían visto con sus propios ojos.
Imagínate el nivel de impacto que produjo en ellos la resurrección de Jesús, que decidieron dedicar sus vidas a predicar este mensaje, aun sabiendo que podían ser perseguidos, encarcelados o incluso asesinados.
La Biblia dice específicamente, en este mismo capítulo de Hechos, que más de cinco mil personas creyeron en el mensaje. Más de cinco mil personas aceptaron aquella verdad y fueron transformadas por ella.
Fue tal el impacto que las autoridades capturaron a Pedro y a Juan y los llevaron a prisión. Pero aun así, ellos no dejaron de anunciar que Jesús había resucitado y que existía esperanza más allá de la muerte.
Este es un mensaje que debería mantenerse vigente todavía hoy. Vivimos en una época donde la expectativa de vida cada vez aumenta más. La medicina, la tecnología y la ciencia han avanzado enormemente, y gracias a ello muchas personas logran vivir más años.
Y claro, eso es bueno. La vida es hermosa y maravillosa. Qué bendición poder disfrutarla y aprovechar cada día que Dios nos da en esta tierra.
Pero el mensaje del Evangelio no debería cambiar por causa de eso. La esperanza de la resurrección tendría que seguir viva en nuestros corazones, tal como lo estuvo en aquellos primeros creyentes hace dos mil años.
La muerte no es el final de todo. La Biblia nos enseña que hay resurrección de los muertos y que existe vida después de esta vida. Y esa vida eterna es una vida sin dolor, sin sufrimiento y sin angustia. Es una vida de paz, de plenitud y de gloria junto a Dios.
Pero también la Escritura nos enseña que esta promesa pertenece a quienes reconocen al Señor Jesucristo como su Dios, Señor y Salvador. Ahí está la esperanza que sostenía a los apóstoles y que hoy también debe sostener nuestras vidas.
ORACIÓN

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias porque cada vez que leemos tu palabra nace esperanza en nuestro corazón.
Muchas veces, Señor, estamos tan enfocados en la vida terrenal que llevamos, que no queremos perderla y deseamos permanecer aquí el mayor tiempo posible. Y es entendible, porque la vida es hermosa y es un regalo maravilloso que tú nos has dado.
Pero hoy nos recuerdas que lo que has preparado para nosotros después de esta vida es todavía mejor. Por eso queremos mantener presente este mensaje en nuestro corazón. No solamente queremos creerlo para nosotros mismos, sino también compartirlo y anunciarlo a otros, tal como lo hicieron Pedro y Juan.
Padre celestial, queremos ponerte en el primer lugar de nuestras vidas. Reconocemos nuestra necesidad de ti y entendemos que necesitamos nacer de nuevo, no solamente de nuestros padres terrenales, sino espiritualmente, naciendo de Dios.
Hoy te abrimos las puertas de nuestro corazón y te declaramos como el único capaz de salvarnos y darnos vida eterna. Hacemos esta declaración de fe públicamente y con convicción, creyendo que solamente tú tienes salvación para el alma.
Oramos en el nombre de Jesús de Nazaret.
Amén y amén.
¡Bendiciones!